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Reflexión Nuestra Señora de los Buenos Aires.

La  Pascua está cercana a otra celebración importante para nuestra comunidad mercedaria: la fiesta de  Nuestra Señora de los Buenos Aires. Y poniéndome a pensar en los significados de estos festejos ¡Cuánta conexión hay entre la idea de Pascua como triunfo de la vida y la importancia del aire para la vida!

 

Hoy temprano, al abrir la ventana y respirar profundamente, pude sentir cómo el aire de la mañana inundaba mi pecho. Y tomaba conciencia de que el aire que respiramos oxigena la sangre, llega con ella a nuestro corazón, nutre todas y cada una de las células de nuestro cuerpo. La falta de oxígeno contenido en el aire, por ejemplo, afecta a las células del cerebro y perdemos la conciencia, incluso puede llegar a matarlas provocando daños irreversibles. Sin aire uno se muere. Pero sabemos que hay buenos y malos aires.

 

Los aires malos huelen a desechos, a todo aquello que queremos arrojar lejos porque no nos sirve y no nos hace bien. Muchas veces el aire está contaminado por sustancias tóxicas, nocivas, que incluso fueron elaboradas en principio con buenos fines, con afán  de generar progreso y riquezas, resabios de proyectos que fueron considerados avances de la ciencia, como  por ejemplo los desechos industriales. El aire también resulta viciado por residuos de lo que nos sirvió o nos sirve en determinadas circunstancias, como los escapes de los automóviles o los aerosoles; o incluso por aquello que produce cierta satisfacción o placer como el cigarrillo o las drogas que se fuman o aspiran. Hay malos aires, aires que enferman e incluso pueden provocar la muerte.


Pero también hay "buenos aires". Aires puros, frescos, renovadores. Como esos aires que recomiendan los médicos a los enfermos; el aire de las sierras, el aire de los valles. Cuando nuestra vida cae en la monotonía, en el cansancio o el tedio, en el hastío; en el estrés - hoy tan de moda - , siempre es recomendable "cambiar de aire", buscar otros aires, aspirar e inundarnos de "buenos aires".  Y hay una Señora de los BUENOS AIRES. Ese aire puro que nos posibilita la vida en abundancia es Nuestra Madre. Ella es toda pureza, como debe haber sido el aire de la primera mañana de la Creación y el amanecer de aquel primer domingo en que resucitó el Señor. Ella es aire puro y fragante, aromado de hierbas, perfumado de flores y de frutos, fresco de rocío. Un aire que nos hace sentir felices de estar vivos, deseosos de vivir, que nos serena. Ella nos "airea", con su presencia y consigue que nuestro espíritu se ensanche respirando la gracia. María es capaz de entrar en nuestro corazón, que es "nuestra casa" y renovar la vida llenándolo todo de frescura y vitalidad. Así como el aire que penetró en el sepulcro ya vacío, al ser quitada la piedra que sólo pudo ser removida por el amor, la única fuerza capaz de vencer a la muerte.

 

Nuestra Señora de Buenos Aires: hazte presente entre nosotros, cambia el aire enrarecido por el pecado que haya en nuestro ser, en nuestras casas, en nuestras comunidades. Ayudanos a navegar seguros aun en medio de las tormentas diarias, de las insidias del mal, del asedio de la cultura de la muerte en que muchas veces transcurre nuestra existencia. Sé para nosotros lo que fuiste para los antiguos navegantes; el faro que ilumina la esperanza y libera del temor a los naufragios; lo que fuiste para aquellos mercedarios que regresaban a casa en naves felices, cargadas de cautivos liberados, de hermanos que aspiraban el aire puro de mar y volvían a contemplar el cielo nuevamente, quizás después de muchos años de morir constantemente, rescatados al fin de las mazmorras sepulcrales. Y enseñanos a vivir como vos con la certeza de contemplar un nuevo amanecer inundado de aire puro en una nueva Pascua, cada día. Que seamos impulsados por tus "BUENOS AIRES" hacia el puerto del amor, de la gracia y de la LIBERTAD.