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San Pedro Armengol, patrono de los jóvenes en peligro

Haciéndonos eco del día de ayer, domingo del “Buen Pastor”, dedicado a la oración por las vocaciones de especial consagración, los mercedarios y mercedarias hacemos memoria hoy de San Pedro Armengol, un joven que, permitiéndose escuchar la voz de Jesús-Pastor, abrazó con su vida la pasión por la libertad de los cautivos, siguiendo los pasos de San Pedro Nolasco, ingresando como fraile a la Orden que este último fundó. 

Pedro Armengol nació en la zona de Tarragona (Cataluña, España), a mediados del siglo XIII, así que su historia de vida se remonta unos cuantos años hacia atrás. Otra época, otro lugar… pero una historia de vida no muy distinta de la que algunos o algunas jóvenes viven en nuestros días. ¿Qué queremos decir con esto? Muchas eran las buenas y grandes expectativas que sobre el joven Pedro Armengol se tenían, pero resultó que, para asombro y disgusto de muchos, el muchacho inclinó su vida tras el camino de los bandidos de su tiempo. ¿Por qué tomó esta decisión? No lo sabemos. Como sucede en nuestros días, esta pregunta puede encontrar algunos ensayos de respuestas, si nos zambullimos en las historias de tantos chicos y chicas de los que, muchas veces, solo tenemos noticia en las páginas de los periódicos, o vemos en los noticieros, o escuchamos en la radio, en las secciones dedicadas a los “asuntos policiales”. 

Hubo un momento oportuno en que la vida de bandido que había abrazado Pedro Armengol se interrumpió, se detuvo de repente, ante unos ojos que lo miraban suplicantes y entristecidos. Una vez la banda de la que Pedro formaba parte se enfrentó con las fuerzas armadas del Rey. En medio del combate se vio luchando cuerpo a cuerpo con un oficial de la guardia. La violencia de la escena cayó en tierra cuando ambos se miraron y se reconocieron: padre e hijo, en veredas opuestas, se encontraban rompiendo la distancia con la única fuerza capaz de lograrlo: el amor. 

Es necesario que en la aventura de crecer uno vaya adueñándose de su propia vida, haciéndose protagonista de su propia historia, Pedro Armengol asumió esta actitud y puso el freno, giró el timón, y, después de este episodio tan doloroso como providencial, se encaminó tras las huellas de Alguien más que le habló desde los ojos del padre en el campo de batalla. Entre tantas voces que resonaban en la cabeza y el corazón de Pedro, entre las cuales seguramente se encontraba la que lo había arrastrado a un camino de perdición, supo escuchar, en aquel momento de quiebre de su vida, la voz del Jesús-Pastor que le repetía aquellas palabras del Padre misericordioso: “estabas muerto, y has vuelto a la vida; estabas perdido, y has sido hallado”. Ante tamaña demostración de amor, ante tan inmensurable regalo, Pedro sintió muy adentro suyo que quería consagrar su vida para seguir a Jesús “más de cerca”. ¿Tuviste alguna vez esta sensación de que tu vida se partía en dos? ¿Descubriste o te animarías a descubrir, en ese momento, no del todo “luminoso” de tu historia, la voz de Jesús que te llama, que te devuelve con su mirada la dignidad de hijo y hermano, que te re-descubre lo valioso que sos para el Dios de la vida? 

La respuesta de Pedro se concretizó como redentor de cautivos en la Orden de la Merced. Su vida, que antes le servía para atacar, violentar y maltratar, ahora se ponía como moneda de cambio para la liberación de los cautivos. Y tanto así se jugó la vida Armengol por sus hermanas y hermanos cautivos, que sucedió una vez que el dinero para el rescate no alcanzó y se quedó él mismo como rehén. En esa condición estuvo casi al borde de la muerte cuando fue colgado con una soga al cuello para ahorcarlo. Su vida nuevamente parecía partirse en dos, pero María de la Merced, milagrosamente, sostuvo su aliento manteniéndolo con vida hasta que sus compañeros llegaron para salvarlo. 

Pedro Armengol supo de vida ensombrecida por el sinsentido y a la deriva. También experimentó momentos de quiebres y de “darse cuenta”, para tomar la vida en sus manos y cambiar el rumbo. Dejó que la voz de Jesús que siempre se hace el encontradizo lo sacudiera y sedujera. Conoció la realidad dolorosa de tantos cautivos y cautivas desde la cárcel misma en la que habían sido depositados. Aprendió de esperanzas y desesperos. De alegrías y tristezas. De dolores y de sanaciones. Por eso hoy los mercedarios y mercedarias lo recordamos como el patrono de los jóvenes en riesgo, como el que puede ayudarnos a encontrar juntos una salida, caminos de libertad, de humanización para nuestros jóvenes que muchas veces han perdido los horizontes, los proyectos, los sueños. Que se encuentran al asecho de tantos “peligros”. Con Pedro Armengol abramos nuestra mirada y nuestro corazón hoy a nuestro alrededor, reconozcamos los rostros de estos jóvenes que hoy sufren y que desde su silencio o desde su aparente apatía, desde su violencia, desde su tristeza o desde su mirada perdida, desde la cárcel de las adicciones, desde el pozo del desamor, nos gritan pidiendo ayuda, pidiendo libertad.


Fray Matías Bellanich O.deM.