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Bodas de Plata sacerdotales del P Carlos Gómez

El tiempo transcurre sin que nos demos cuenta. ¿Qué increíble que estemos celebrando los 25 años de sacerdocio del P Carlitos! Me conmueve profundamente hacer memoria de estos años compartidos con  Carlos Gómez (Carlitos Gómez en realidad, porque así lo llamábamos y algunos aún lo hacemos), el hermano Carlos que se preparaba para el sacerdocio, el padre Carlos, hoy nuestro padre provincial. 

Reviven en mi corazón la Semana de la Juventud organizada por los entonces estudiantes mercedarios aquí en Tucumán, la fundación de lo que fuera la Coordinadora JuvenilMercedaria que comenzó a realizar los encuentros de jóvenes que alquilábamos vagones completos del tren para encontrarnos con chicos y chicas de otras provincias en lo que para mí será siempre mi "hogar", el León XIII. 

Recuerdo las Semanas de Trabajo compartidas en Tucumán y en Córdoba,  trabajando para mejorar los barrios codo a codo  con los pobres, entregándoles a ellos la palabra, compartiendo la oración y el canto con las familias más pobres de la comunidad que visitábamos.

 

Cómo olvidar el entusiasmo de aquel  primer Festival de la Canción Mercedaria cuando llenamos un teatro con ochocientas personas provenientes de todas las casas que por entonces había en la Provincia, de nuestras familias y nuestros amigos.  También tuvimos que vivir juntos momentos difíciles, tristes: partida de hermanos, cambio del rumbo de la vida de otros; momentos en los que hubo que llorar porque el corazón así lo precisaba. Y  volver a confiar, a esperar, incluso en momentos en que todo parecía confuso. Compartimos también lealtades, amistades y fraternidades probadas por el tiempo y nuestro propio misterio personal y comunitario...
 

Tantos momentos de compartir juntos: la adolescencia y la juventud, la época dorada de los sueños y proyectos, de la construcción de ideales que para mí, como para tantos, son hoy el cimiento de nuestra vida. Y también la adultez y con ella nuestra vida profesional, la maternidad y la paternidad; las nuevas realidades más los devenires para nuestro pueblo en este presente en el que siguen siendo necesarias la constancia y la fidelidad. 

Y pensándote, Padre Carlos, encuentro factores comunes en tu ser, en todos los momentos. Tu fidelidad, nunca te vi vacilar ni guardarte ni el tiempo ni el cansancio cuando has tenido que escuchar, que contener, que ayudar a un hermano, a un cautivo, a un fraile en ninguna circunstancia,  has sido siempre fraterno y solidario aun con los que lo fueron y luego se retiraron. Y en esto nunca has tenido horario, tu tiempo ha sido entregado a los hermanos. Tu silencio y tu humildad, muchas veces pasás desapercibido, como la brisa a la hora de la tarde, Padre Carlos, como te escribí en una zamba compuesta para vos. 

Tu vocación de sacerdote clara, nítida, definida e incluso excluyente de cualquier otra posible, cura hasta los tuétanos a la hora de celebrar la Eucaristía, de confesar, de atender las parroquias que se te han ido confiando y teniendo tu tarea en ellas como prioridad. La responsabilidad en el cuidado de las personas a las que has atendido o formado en su camino de fe. Yo sé que nunca has abandonado a tus numerosos hijos e hijas en la fe. La solidez de tus pocas palabras, la contundencia de tus negaciones y tus afirmaciones, la fortaleza de tu carácter para sostener y acompañar, la pureza de los sentimientos con que amás. Y sobre todo, la libertad con que actuás y dejás actuar, la confianza en tus hermanos laicos con los que te ha tocado trabajar; porque yo creo que a lo largo de tu vida has sido generador de espacios de libertad donde lejos de ser el protagonista principal has sido el motivador de tus hermanos para que podamos expandir nuestro ser en total libertad. Tu sencillez y tu serenidad para dejar caer lo superfluo y cuidar amorosamente lo que es esencial. Tu riqueza, tu tesoro, Padre Carlos, está en tu corazón. 

Gracias al Señor que nos ha bendecido con un hermano y un padre como vos. Que el Señor te te ayude a conservar tu fidelidad de sacerdote en este día,  y te llene de paz y de felicidad. 

Patricia Guerra.