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Fray Padre Pio Donelly

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Partían en su viaje de bautismo con una gran fiesta; muchas veces, hasta con banda de música y alguna botellita de sidra para la tripulación.

Pero el abuelo contaba que cuando estas naves hacían su último viaje, había una especie de acuerdo tácito entre los marineros de llegar a puerto en silencio. Nadie se los había enseñado, se aprendía de generación en generación: del último viaje se descendía al muelle sin hablar y cada uno marchaba a su casa sin mirar atrás, respetando al coloso que, silencioso, se despedía de altamar.

Conocí al Padre Pío hace muchos años. Era una chiquilina aún cuando nos entusiasmaba de tal forma con la Iglesia del Silencio que renunciábamos a cualquier cosa para juntar dinero y comprar Evangelios para los cristianos que estaban detrás de la Cortina de Hierro. Hoy entiendo lo mucho que tiene que ver su fuego con mi pasión por la Merced.

Ahora, se toma fuerte de mi mano mientras me clava esa mirada azul que parece guardar todos los mares que surcó Nolasco para redimir cautivos y que, de a poco, va cambiando el azul de las olas por el del Cielo que le va abriendo sus puertas.

En estos meses he tenido el privilegio de ver llegar al muelle a un coloso cansado de tanto bregar, que no se queja de nada, que da y recibe afecto con la calidez, ternura y delicadeza de un alma enorme, que reza por todo y por todos, que acepta con paz y alegría las limitaciones de su enfermedad, que son muchas.

Por eso, en esta Noche en que contemplamos a la Madre de Dios y al mismo tiempo estrenamos un nuevo año, quiero también estrenar una mirada nueva y silenciosa como la de aquella tripulación del abuelo, para dejarlo partir con la grandeza con que vivió, mientras veo tornarse el mar en Cielo en sus ojos y le pido a María de la Merced un poco de su pasión por los cautivos: el fuego que lo consumió.

Lunes 16 de Febrero: Acaba de partir el Padre Pío... El coloso llegó a las playas eternas. Allí lo esperaba el Redentor, cuyo Mandamiento Nuevo quiso vivir generosamente,  la Madre Liberadora, a la que amó con inmensa Ternura, Pedro Nolasco, cuyas huellas siguió con pasión..., y tantos, tantos cautivos redimidos por su infatigable acción apostólica y por su continua oración de intercesión.

Allí está, trocado el mar en Cielo, junto al Padre Dios, por fin y para siempre, libre para liberar.

Fraternalmente, Hna. Cristina