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Mensaje del Superior Provincial para esta Navidad

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La esperanza trascendente es posible; Navidad nos desafía a descubrirla.

 

María es la gran figura del Adviento para la Iglesia. Ella nos acompaña en la liturgia de estos días cercanos al nacimiento del Señor. En Ella podemos contemplar realidad de vida para hacer germinar en nuestro sendero.

 

María, conociendo la situación de Isabel “se puso en camino y fue rápidamente a la montaña, a un pueblo de Judá. Así en su Visita queda de manifiesto la disponibilidad de la Virgen, su  entrega por los demás. En ello es también fiel discípula de su Hijo.

 

 

Va con alegría al encuentro de Isabel, que también ha sido objeto del amor misericordioso de Dios. Recorre distancias y va a pasar un tiempo con ella.  No se encierra en sí misma a rumiar gozosamente su alegría. Ejemplo de quien se deja conducir por el Espíritu, para llevar a Cristo a los demás.

 

Es la actitud que tendrá Cristo, que viene a entregarse por los demás. Es  también la actitud que se espera de un cristiano y de la comunidad entera: que crezca en su fe de cara a Cristo, y que esta fe se traduzca en una caridad de entrega por los  más necesitados de nuestra ayuda. Precisamente porque Ella y nosotros hemos  experimentado la cercanía y el cariño de Dios.

 

El Mesías está ya en su seno y ella es la “evangelizadora”,  la portadora de la buena noticia de la salvación, portadora del gozo de Dios. Como ella, nuestro camino a la Navidad será salir al encuentro de nuestros hermanos para compartir el gozo de la salvación traída por el Señor.

 

Cada uno de nosotros es invitado a vivir  intensamente esta misión de  servicio y de anuncio de Jesucristo “acompañando y ayudando a vivir”. El que cree en la encarnación de un Dios que ha querido compartir nuestra vida y acompañarnos en nuestra indigencia, se siente llamado a vivir de otra manera.

 

No se trata de hacer «cosas grandes». Quizás sencillamente ofrecer nuestra amistad a ese vecino hundido en la soledad y la desconfianza o la depresión, estar cerca de ese joven que sufre incertidumbre frente al futuro, tener paciencia con ese anciano que busca ser escuchado por alguien, estar junto a esos padres que tienen a su hijo en la cárcel, alegrar el rostro de ese niño solitario marcado por la ausencia de sus padres.

 

Este amor que nos hace tomar parte en las cargas y el peso que tiene que soportar el hermano, es un amor «salvador», pues libera de la soledad e introduce una esperanza y alegría nueva en quien sufre, pero se siente acompañado en su dolor. Un amor que se alegra en Dios su salvador porque no  busca nuestras grandezas sino que mira y atiende nuestra pequeñez.

 

¡Los mercedarios les deseamos feliz Navidad y un tiempo navideño pleno de frutos de vida!

Fray Luis de Brito

Superior Provincial