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Mi experiencia en el trabajo con mujeres víctimas de violencia y sus hijos

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Fr. José Luis Mercado Morales comparte su experiencia de participar del “Proyecto de ayuda a madres víctimas de  violencia y menores en riesgo”, conocido también como “Las casitas”, de la comunidad de León XIII en Córdoba.

 

Mi experiencia en el trabajo con mujeres

víctimas de violencia y sus hijos

 

                Desde el año 2004 participo del “Proyecto de ayuda a madres víctimas de  violencia y menores en riesgo”, conocido también como “Las casitas”. Se trata de una respuesta, que frailes y laicos mercedarios llevamos adelante en los alrededores del  Colegio León XIII, a la dura realidad de la violencia familiar que afecta a mujeres y niños en su mayoría.

 

                El proyecto conocido como “Las casitas” surgió  hacia 1996 cuando el P. Carlos Diez y la Sra. Stella Lagos comienzan a recibir la demanda de ayuda de parte de mujeres que deseaban poner final a una vida de  sometimiento y violencia de parte de sus parejas o del entorno familiar. El mismo consiste en la acogida de las madres  con sus hijos en distintas casas para  ayudarles, por  un lado, a hacer un proceso de sanación de las heridas en el cual puedan pasar de víctimas a protagonistas de sus propias historias. Por otro,  se les ayuda a crear  entorno  de cuidado y ternura para con sus hijos (maternaje) como un modo de romper la cadena de violencia que pasa de una generación a otra.

            El participar de este proyecto ha sido para mí una experiencia  profunda que ha marcado mi vida como mercedario.  La misma podría resumirla en  los siguientes  puntos.

            En primer lugar, significó descubrir verdaderamente la realidad de cautividad en la que se encuentran las mujeres en nuestra sociedad, especialmente las pertenecientes  a sectores marginales. La mayoría de las mujeres que llegan a nuestro proyecto vienen de  experiencias  muy dolorosas que han marcado su vida: abandono materno, abuso intrafamiliar, secuestro y/o venta de algunos de sus hijos, golpes y torturas por parte de sus parejas, obligadas a prostituirse,  entre otras tantas.  A la victimización habría que agregarle todas aquellas actitudes de vida propias de la marginalidad y las de la sobrevivencia en medios absolutamente adversos. Con asombro y mucho dolor he escuchado historias que parecían ser de otro tiempo, de otros lugares del mundo. Pero no, son de este tiempo nuestro y ocurren  a la vuelta de la esquina.

            En segundo lugar, significó caer en la cuenta de que el proceso de liberación de las personas es largo y arduo; que es un camino extenso, sinuoso, lleno de caídas y retrocesos. En el mismo, es fundamental el vínculo que se entabla con las víctimas de  violencia.  Por un, lado este vinculo le permite a la víctima  volver a confiar en alguien y apoyarse en él para dar pasos de crecimiento, que llevan a hacerse protagonista de  su propia historia. Del lado del que acompaña, el vínculo es esencial porque le lleva a comprometerse con la víctima de tal manera que pude hacer de sostén en los vaivenes propios del proceso donde muchas veces hay que esperar pacientemente; otras, empujar  hasta el límite. El vínculo está hecho de la confianza del uno y el compromiso del otro. En un proceso donde hay que mezclar la exigencia y la ternura, la espera y los resultados concretos, la compasión y la superación de la lástima.

             En tercer lugar,  este trabajo significó el hacer una experiencia concreta de lo que dicen nuestras constituciones en el número 9: el espíritu mercedario supone fundamentalmente el descubrimiento de Cristo que  continúa padeciendo en los  oprimidos y, y asumir el compromiso práctico de caridad poniendo la propia vida al servicio de los mismos. Es desde esta identidad básica, Jesús que sufre en los cautivos,  que se puede sostener un compromiso que demanda poner el cuerpo y hasta los afectos sin horarios, con acontecimientos que te desarman la rutina constantemente. Muchas veces me han preguntado por qué insistir  tanto y ocuparme de esa gente que pareciera que ya está perdida para siempre. La razón es esa, allí Jesús continúa su calvario y no puedo cerrar los ojos ante esa situación y quedarme de brazos cruzados. No se trata de una mera filantropía para los tiempos libres, es una actitud mística que envuelve toda la vida.

            En cuarto y último lugar, quisiera destacar el trabajo compartido entre  religiosos y laicos dentro del proyecto. Hemos hecho un gran camino de compromiso conjunto donde nuestras vocaciones se han ido complementando y enriqueciendo mutuamente. Hemos sido maestros unos de otros en este arte de acompañar a las víctimas en sus procesos de sanación y nos hemos sostenido en los momentos de cansancio, incertidumbre y desesperanza. Juntos hemos llorado de impotencia ante situaciones que nos superaban y juntos hemos buscado respuestas creativas para cada caso, juntos hemos celebrado cada paso dado por las mujeres y hemos vivido las partidas porque ya era hora de comenzar una nueva etapa fuera del proyecto y juntos nos alegramos cuando vuelven a visitarnos para contarnos cómo les va.

            Para finalizar, quisiera agradecer a Dios por esta oportunidad de madurar en mi entrega como religioso mercedario y porque Él ha grabado en mi corazón los rostros y el nombre de tantas mujeres y niños que han encontrado la oportunidad de una vida nueva en nuestro trabajo. Ellos son la mayor certeza de la fecundidad de mi entrega.

                                                                      

Fr. José Luis Mercado Morales, O. de M.