La comunidad mercedaria de la Basílica de Nuestra Señora de la Merced conmemoró un nuevo aniversario de consagración del Templo y de su Altar Mayor, su emblemático tabernáculo.
El Archivo Histórico de la Provincia Mercedaria Argentina consigna este trascendente hecho de “Consagración de La Merced”:
“El padre fray Bernardino Toledo que conoció la Merced del padre Oliva; que actuó en ella y vio desarrollarse las obras que la convirtieron en la Merced actual, era un gran encariñado de este templo y, con frecuencia, se encuentran en sus escritos frases entusiastas con las que … hasta, parece, quería profetizar como se puede ver en «La Merced del Padre Oliva». También en «Estudios Históricos» tiene este párrafo, después de cronicar las obras que se hicieron en el templo, en este siglo: “Preparadas de este modo las cosas, faltaba una por el momento, que fuera el término final y la coronación de todas y de todo. Nuestra querida Merced a pesar de su larga precedencia (1826) de cerca de un siglo y con tanto o mejor derecho que otras, no había sido consagrada”.
En la misma comendaduría de dicho padre Toledo y en sus postrimerías, hizo todos los trámites para llevar a cabo su anhelado complemento; el día 19 de noviembre del año 1914, con todo el boato y majestuosidad que la sagrada Liturgia usa para estas imponentes ceremonias, fue solemnemente consagrada la Merced por el Obispo de Ostracine y Auxiliar de Córdoba, monseñor Inocencio Dávila, siendo acompañado en las ceremonias por toda la numerosa comunidad de la Casa. Como recuerdo de esa ceremonia inolvidable para quienes la presenciamos y tomamos parte en ella, se esculpió una hermosa placa de mármol que se encuentra en el interior de la iglesia, al frente del púlpito”.
En este nuevo aniversario fundacional. Fr. Héctor Escudero O. de M., superior del Convento Máximo de San Lorenzo Mártir – Basílica de La Merced, expresó la valoración, el reconocimiento y la gratitud de la comunidad, durante la homilía de la celebración eucarística.
“Hermanos, hoy nos reunimos con profunda emoción para conmemorar un hito que marca nuestra historia: 111 años de la consagración de nuestro Templo y, de manera especial, de nuestro Altar Mayor, el Tabernáculo que alberga la presencia Eucarística y que, además, guarda un tesoro inestimable: las reliquias de los Apóstoles San Pedro y Santiago. Este altar no es solo un lugar; es el punto de encuentro donde la solidez de la Iglesia se une a nuestra vocación de rescate.
El Altar de la Alianza y el Tesoro de los Apóstoles (Josué 8:30-35)
Recordamos a Josué construyendo un altar en Ebal, un signo visible de obediencia al pacto. Hoy, al celebrar este aniversario, honramos el pacto sellado en este lugar sagrado. La presencia de las reliquias de San Pedro, la roca sobre la que se edifica la Iglesia, y Santiago, el primer mártir, nos recuerda que nuestra fe se sostiene sobre testigos probados en la fidelidad.
Si el altar de Josué sellaba la obediencia a la Ley, nuestro altar consagrado, bajo el patrocinio de María de la Merced, sella nuestro compromiso con la Ley del Amor Redentor.
El Tabernáculo nos recuerda que el sacrificio de Cristo es el acto supremo de liberación. Nuestra consagración de vida debe reflejar esa misma entrega: ser instrumentos vivos para liberar al hermano de toda nueva forma de cautividad.
La Casa de la Paz y la Proximidad del Rescate (Salmo 84:3-5, 10-11)
El Salmista anhela: “¡Qué deseables son tus moradas, Señor del Universo! […] Más vale un día en tus atrios que mil fuera”. Este Templo, con su Altar Mayor, es nuestra morada de paz.
Estar en la casa de Dios, bajo el amparo de María, es gozar de la cercanía del Salvador. Pero esta cercanía no es pasiva. La bendición que recibimos aquí fluye hacia afuera. Somos bendecidos para ser bendición y rescate. Que la presencia de las reliquias de los Apóstoles nos inspire a ser tan firmes en la fe y tan audaces en la misión como ellos.
La Ofrenda Verdadera: Reconciliación como Fundamento del Culto (Mateo 5:23-24)
Jesús nos obliga a mirar dentro de nosotros antes de acercarnos al misterio central: “Si llevas tu ofrenda al altar y allí recuerdas que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda… y vete primero a reconciliarte con tu hermano.”
¡Esta es la enseñanza clave para la Merced! No hay consagración de un altar si hay división en el corazón. Dejar la ofrenda es detener nuestro culto si no hemos sido capaces de restaurar la comunión.
La verdadera dedicación de este Templo y Altar Mayor, que celebra 111 años, exige que nuestra primera obra de caridad sea la reconciliación activa. Si somos siervos de la Merced, debemos ser los primeros en buscar la paz, borrando las deudas y liberando a quienes están cautivos por el rencor.
Que la solemnidad de este aniversario nos impulse a ser altares vivos, templos del Espíritu Santo, donde la reconciliación sea nuestra ofrenda más urgente y grata a Dios. Que María de la Merced nos sostenga en esta fidelidad constante”.










