La vocación redentora mercedaria se expresa de múltiples maneras y servicios. Hoy conocemos el testimonio de Flor Banegas, desde la comunidad de la parroquia San Pedro Nolasco de Tucumán.
“Mi nombre es Flor y hoy me desempeño como coordinadora del proyecto huerta comunitaria en Tucumán “ La Merced Cultiva» . Mi camino en este espacio comenzó casi sin darme cuenta; fue un proceso de descubrimiento constante donde aprendí que servir y cuidar la tierra es, en esencia, una forma profunda de servir a Dios.



Me comprometí plenamente cuando entendí que el Cuidado de la Casa Común no se limitaba solamente a la técnica de sembrar y producir alimentos. Es una misión mucho más amplia: es sembrar esperanza en cada surco, trabajar la tierra con las manos para sanar y, sobre todo, construir una verdadera fraternidad entre quienes compartimos el día a día en la huerta.
Me arriesgué a este desafío y decidí elegir este camino como una misión de vida, convencida de que trabajar la tierra tiene el poder de sanar y abrir nuevos horizontes. Enseñar a cultivar es, para mí, enseñar a creer en el futuro. Experimento que no solo nos ayuda a entender sobre naturaleza, sino que nos permite acompañar procesos humanos y reconstruir valores. Me gusta sentir que las personas encuentran en la huerta un refugio y un sentido de pertenencia.



Mi sueño es seguir construyendo y expandiendo estos espacios donde la fe, la comunidad y la tierra se encuentren en un abrazo fraterno. Aspiro a que cada vez seamos más los que nos animemos a ensuciarnos las manos para limpiar el horizonte, transformando nuestra realidad local y siguiendo fielmente el llamado a cuidar la creación que se nos ha confiado.


Ver cómo una semilla brota mientras recuperamos la confianza en nosotros mismos es el recordatorio constante de que la vida siempre se abre camino si la cuidamos juntos.
La enriquecedora y apasionante experiencia de la Huerta Comunitaria no solo nos ayuda a entender sobre la naturaleza. Enseñar a cultivar es, para mí, enseñar a creer en el futuro”.


