Durante el mes de julio un equipo de misioneros y misioneras de La Merced se hizo presente una vez más en comunidades paraguayas de Ypané. Una de esas comunidades que nos recibe hace años, es la de la capilla Virgen del Carmen, del barrio Nueva Esperanza.
Analía Moreira, de la familia mercedaria en Tucumán participó de esta experiencia misionera, y con el corazón lleno de historias, rostros, y deseos de seguir brindándose, nos comparte su testimonio:
“Me pidieron que relate mi experiencia y que decir? Cuando sin conocerte te reciben con una hospitalidad y alegría, y te hacen sentir que es realmente una bendición la llegada de los misioneros, es decir el camino que se viene haciendo es con tanto amor y con tanta mirada y escucha hacia la misma comunidad que siempre los que te esperan sonrien, cantan bailan, bailamos jejeje…
Justo coincidimos con la fiesta patronal de Ntra Sra. Del Carmen y también la llamada fiesta de San Juan. Y me decían que los mitai (niños en guaraní) son valorados y ellos reciben primero la comida. Fuimos con Florencia Banega por primera vez y la verdad no sé notó , por los abrazos de los niños, la predisposición a jugar, dibujar, reír y mucho menos con los adultos, predispuestos a enseñar las comidas típicas. Tanto amor en esas risas , en ese compartir, sentirse parte y valorados, es lo que me lleva a concluir que es una comunidad que está preparada, abierta a recibir, y también a dar lo que pueden, lo que tienen, su tiempo su amor, su hospitalidad.
Compartir y agradecer con una misa diaria con sus canciones típicas que hasta el día de hoy la tarareo, porque la letra no me pidan que les repita jejeje. Por otro lado, el taller de las costureras, mujeres que hacen cada día una puntada compartiendo un espacio puro de aprendizaje, con el sueño de aprender, reaprender y ahorrar para comprar su propia máquina; Rosa, que lejos de pensar a sus “alumnas” como competencia comparte al máximo su conocimiento, con el objetivo de dejar su legado a alguna de ellas.
Y estas mujeres lejos de victimizarse dijo el Fray Emilio, es verdad que solo se sintió un espacio de superación, sueños, recuerdos de algún familiar, preparando sus costuras con retazos donados para un futura feria y con los sueños de reinvertir lo obtenido en la venta. Los paisajes de una arena, veces compacta, a veces empedrada, paisajes verdes; con poca, por no decir nada de infraestructura, y las historias familiares de salud, vulnerabilidad socio-económica, que los entrelazan con la esperanza y el despertar cada día para afrontar sus necesidades. La sonrisa de los niños, sus carcajadas, y sus pedidos de dibujo a Fray Matías Bellanich. Ellos si bien asisten a sus escuelas, los niveles son diversos y dispares como la condiciones de habitabilidad básica, sin dejar de lado la discapacidad que también fue parte de este pasaje urbano y corto del que fui parte.
Me queda mucho de lo compartido, esas energías de seguir, estar, y también la impotencia de los pocos días y los recursos con lo que se puede contar. Más allá de la escucha y del pensar lo que se podría realizar con una comunidad presente, comprometida y que pueda contagiar a otros y otras, para lo que se necesita más presencia, continuidad y que también se pueda dar institucionalmente a nivel local. Por el momento me queda haber compartido una hermosa misión junto a mis compañeros de misión, con escucha, risas, bailes (chacareras, tango, entre otros) improvisados para compartir esos momentos y reír con otros.
Gracias por la oportunidad de esta experiencia, y que siempre vivamos el mensaje como María en la visitación a su prima Santa Isabel, sumando el carisma saliendo al encuentro del hermano como Pedro Nolasco”.
Analia Moreira











